29/12/2008 11:59:27
Por: anonimo
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Una media hora después volvió a bajar las escaleras con la misma intención, y distinta indumentaria, que la desafortunada vez anterior. Jamás olvidaré esa breve falda negra que se ceñía a su cintura y a sus piernas como la arritmia a mi sangre de resucitado a la belleza. Esa justa compresión que ejercía la ropa sobre sus formas hacía de su cuerpo un arma de seducción masiva. Era fácil imaginar la complejidad que tendría la naturaleza para repetir ante mí, esa misma proporción de tristeza, voluptuosidad y misterios, que continuamente se amasaban en María, y que hacía retroceder a mis órganos y músculos como preparándose para saltar sobre esa remota posibilidad; que ahora mismo pasaba ante mí, dejando las llaves junto a mis manos y dirigiéndome un tímido: hasta luego; con la delicadeza y la premura de un ángel con las alas en llamas. Con una media sonrisa de idiota entero, le dije el adiós menos verosímil de la historia; quise decirle que podía acompañarla donde quisiera, que esperaba su regreso como si nada pudiese suceder en su ausencia, que lo daría todo por una cómplice sonrisa suya. Ante mi falta de valor decidí seguirla bajo la excusa de estirar las piernas; el pueblo no era muy grande y sería casi normal que nos encontrásemos en cualquier parte. Pude ver como le preguntaba a una joven algo por la calle inquisición; lo normal es que me hubiese consultado a mí, pero no puedo achacarle que después del patético espectáculo que le ofrecí ayer, decidiera probar suerte con alguien más normal. Atravesó la plaza del ayuntamiento observada por toda una legión de jubilados que sacaron pecho, escondieron los bastones, y reajustaron sus dentaduras, pero ella no dio ni los buenos días…
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22/12/2008 11:35:47
Por: anonimo
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En los instantes siguientes Dios no consideró oportuno manifestarse; al menos a favor de ayudar a Ricardo y a sus acólitos. Toda esta noche, conteniendo todo este lugar, parecía desconectada del resto del universo, tan sólo el miedo y la expectación confirmaban su existencia y les otorgaba algo de tiempo.
El hijo del carnicero estaba seguro que el Señor iba a tomar partido tarde o temprano, de alguna u otra manera; auxiliándolos con su infinito poder, o abandonándolos a su libre albedrío; concediéndoles la posibilidad de redimir quién sabe cuantos innominables pecados.
La fe de Ricardo era como el plebiscito de un dictador; no admitía el menor resquicio para la duda; sí, para continuar, y no, para no marcharse.
Esa quietud abismal de los acontecimientos lo dejaba todo meridianamente claro; el Hacedor había puesto ante ellos los medios oportunos para el arrepentimiento y la expiación. El carnicerito empezó a caminar escalando la colina manteniendo los brazos en cruz y rezando el salmo penitencial número cincuenta y uno:
“Tenme piedad, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito, lávame a fondo de mi culpa, y de mi pecado purifícame. Pues mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin cesar está ante mí; contra Ti, contra Ti solo he pecado, lo malo a tus ojos cometí…”
Los demás, menos eruditos en temas de devocionario, después de titubear unos segundos acordaron permanecer junto al crucificado rezando un Padre nuestro; su fe quebradiza sólo les había podido infundir el valor suficiente para vencer el pánico hasta el pie del otero.
Cuando Ricardo se giró para infundir valor al grupo con la convicción que derramaban sus desorbitados ojos celestes, comprendió que sólo él era el mártir elegido para subir este calvario y salvar al pueblo. Aunque para ello hiciese falta su propio sacrificio….
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09/12/2008 08:12:51
Por: anonimo
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Ricardo, el hijo del carnicero de la plaza de abastos, cuya madre murió trágicamente cuando él ni siquiera había dejado la teta, fue criado estrictamente en la fe católica por su padre; cada oración, cada pecado, cada mandamiento fue grabado en su memoria tan firmemente que acabó siendo el rasgo predominante de sus genes, ahorrándose cientos de años de evolución gracias a la contundencia con que su progenitor cortaba, con grandes y afilados cuchillos, las piezas de carne mientras lo aleccionaba, como si fuese una sangrienta penitencia. Desde muy joven hacia cada domingo funciones de monaguillo, así que se consideró con la potestad suficiente para tomar las riendas de aquella satánica situación en nombre de su devoción, se armó de valor e ira y propuso enfrentar la imagen mesiánica de Don Jesús a la que parecía ser la fuente de todos sus males, María. Para ello llevaron la cruz hasta el final del parque, justo a la falda de la pequeña colina que conducía a la casa de mi amada, hicieron un agujero en la tierra, entre todos plantaron el roble sagrado con la imagen del sacerdote mirando hacia el balcón. Ricardo, seguido e imitado por todos, extendió los brazos recreando la postura del cura, miró lo más alto que pudo, por encima incluso de las estrellas, y adaptando uno de sus pasajes bíblicos preferidos a las circunstancias, dijo: Señor, Dios del cielo, grande y temible, que cumples el pacto y eres fiel con los que te aman y obedecen tus mandamientos, te suplico que me prestes atención, que fijes tus ojos en este siervo tuyo que día y noche ora en favor de tu perdón. Dinos, ¿qué debemos hacer para expulsar el mal de este humilde pueblo?
Paradójicamente, visto desde mi ventana, aquella pavorosa escena recreaba fielmente un camposanto, hecho de cruces humanas que parecían abrir la eternidad de sus almas a la voluntad de María…
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01/12/2008 05:52:48
Por: anonimo
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…A medida que fueron llegando formaron un lúgubre coro de fieles alrededor de su guía espiritual. Nadie osó razonar los motivos por los que un árbol tan vigoroso y sano se había precipitado con tanta precisión como alevosía sobre el débil cuerpo terrenal del religioso. El tronco del árbol quedó soldado al del discípulo del papa, dejando entrever sólo la parte sobrante de su sotana. Sus brazos abiertos yacían aleados bajo gruesas ramas. No hubo forma humana ni divina de separarlos, tomaron la determinación de intentar levantar los cadáveres con la grúa municipal; amarraron la rama más gruesa al gancho, el vehículo salió despacio, y a medida que avanzaba el árbol se fue girando hasta quedar enfilado con el coche, y con Don Jesús, al fin, boca arriba. Al levantar todo lo posible la copa del roble se pudieron oír silbar entre las nucas una sarta de escalofríos y lamentos. La imagen era radical y lamentablemente familiar; la crucifixión tal y como todos imaginábamos, incluso le resbalaban algunas gotas de sangre desde la frente hasta el resto de su magullada cara. Los más creyentes se presignaron mirando al cielo, y arrodillándose en el claroscuro suelo pidieron clemencia a Dios. Hasta el más ateo se convirtió de inmediato, la casualidad no podía gestionar tanta maldad, así que si satanás estaba esa noche merodeándolos con su pesadumbre, sería segura la existencia de un salvador al que las personas humildes y buenas pudieran pedir misericordia.
Yo también miré al cielo desde mi ventana, pero buscando alguna señal inequívoca que explicara el por qué todo lo macabro que se concentraba en aquellas negras horas parecía manar de María. Pero el cielo nocturno parecía una imagen detenida, un cartel de ciencia ficción que estaba poco a poco atenazando a la vida…
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20/11/2008 11:17:24
Por: anonimo
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…Uno de los dos curas del pueblo, el veterano Padre Jesús, salió de la iglesia principal mirando atónito hacia todas direcciones buscando una explicación más o menos razonable para lo que estaba sucediendo, hasta que, a lo lejos, pudo reconocer a María meciéndose tranquilamente en su balcón mientras el resto de criaturas del pueblo parecían huir de la muerte que sería permanecer quietos y en silencio. El padre avanzaba entre la gente sin contestar las preguntas que los vecinos les hacía sobre el por qué de aquella situación, se dirigía en línea recta a la casa de María, sin apartar un segundo la mirada del balcón, parecía estar buscando una señal inequívoca que aclarase aquel acontecimiento casi apocalíptico. La gente empezó a observar a Don Jesús, parece que su fijación abrió en ellos un resquicio para la esperanza, se fueron deteniendo poco a poco y un expectante murmullo empezó a imponerse en el silencio absoluto de la noche iluminada, el cura se adentró en un pequeño parque que se interponía entre la calle principal y la casa de mi musa. Toda el mundo estaba pendiente del inminente encuentro entre el párroco y María, como si se tratase de una rivalidad ancestral y divina que no tuviese otra forma de dirimirse que con una lucha a vida o muerte. La pequeña mansión estaba situada en una breve colina una vez cruzado el frondoso jardín, del cual el Padre don Jesús estaba tardando demasiado en salir. Un grupo de vecinos, espoleados por la actitud decidida y valiente del párroco deciden averiguar qué estaría haciendo el Párroco aún el parque. El resto de vecinos siguen como unos polluelos de ave al grupo de vanguardia, más bien por miedo a quedarse solos que por el valor infundido por el Padre…
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13/11/2008 04:25:05
Por: anonimo
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…Sólo me faltó disculparme en arameo mientras hacía el amago de auxiliarla, sin atreverme del todo a tocar sus manchadas, pero aún voluptuosas formas; empecé con el intento interruptus de limpiarle la falda. Ella retrocedía quitándole importancia al accidente. Pero insistí bajando mis manos epilépticas hasta sus piernas, ella formaba espirales de huída en el hall repitiéndome que no me preocupara. Me armé de valor y de gallardía, flexioné las rodillas hasta dar vehementemente en el suelo indeformable, cogí con determinación uno de sus tobillos para poder secar con un pañuelo los anfibios que parecían sus pies asomando por los zapatos. El pie que le quedo libre resbaló con el café que aún rezumaba de la cafetera volcada, al intentar equilibrar las fuerzas con su otra extremidad para lograr mantenerse erguida el resto del día, contempló y sufrió como se lo tenía firmemente atenazado un ser totalmente prescindible para su especie.
Pues sí, esa fue la primera y lamentable impresión que infringí a María; un paleto que la miraba embelesado de arriba a abajo como si nunca hubiese visto a una diosa de carne y hueso pedirle alojamiento, que se quedaba dormido en el trabajo de una forma asilvestrada, y tan patoso que hizo que diera con sus elegantes huesos en el piso.
Eso es lo mínimo que uno debe pensar de alguien que ha sido responsable de terminar con el culo dolorido y apestando a café frío y pisoteado.
Con un gesto firme de mano me dijo basta, se negó en rotundo a que le ayudara a levantarse, con una sabia parsimonia se incorporó, cogió las llaves que había dejado en el mostrador, y subió las escaleras derrotada por mi incompetencia, pero aún así conservaba ese porte de distinción y sensualidad innata, camino a la ducha de su habitación…
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08/11/2008 09:27:21
Por: eclectico
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Ocho novelas muestran que cada tristeza tiene un tono, un vocabulario particular.
artículo en Babelia
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06/11/2008 05:54:16
Por: anonimo
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Decidí tomarme un litro de café, por calcular una medida de antemano, porque seguramente me bebería la cantidad necesaria para intentar escribir toda la noche, aunque llegase a un mar. Este lugar no era precisamente un hervidero de acontecimientos interesantes o inesperados, y prácticamente era imposible que se cumplieran, como ahora, los dos atributos en un mismo hecho y tiempo. Puse mis manos sobre el teclado como si fuesen tormentas a punto de descargar el diluvio universal. Su intrigante imagen me recorría los brazos, la fuerza de sus caderas me golpeaba el pecho, y sus rizos alborotados prendían de la noche como péndulos mágicos que invitaban a bacanales de misterio y a banquetes de inefables sueños. Aquella noche no podía haber escrito nada que no estuviese relacionado con imaginarla, con intentar desentrañar su profética llegada a mi agnóstica vida. Escribí durante cinco horas con sólo un café, su efímero recuerdo le bastaba a mi sangre para ir jugando desde mi cerebro a mis manos, desde el monitor al cielo convertida en plegaria.
De repente alguien me tocó en la cabeza, era ella intentando despertarme, me había quedado dormido encima de las teclas. ¡Qué vergüenza! me incorporé tan enérgicamente que me tambaleé en la silla, al intentar asirme al mostrador dejé caer la cafetera, con la desgracia de que fue a impactar junto a su insigne figura, abriéndose en el golpe y rociándola desde la cintura a los pies. Me quise morir cuando contemple su falda ocelada de café, sus piernas salpicadas de oscuridades, y sus zapatos albergando medio litro de mi torpeza, ahogando sus dedos entre las medias, y haciendo burbujas en cada uno de sus pasos…
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30/10/2008 06:26:06
Por: anonimo
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…con la expresión desencajada por un inconfesable pasado. Reservó una habitación en la única pensión del pueblo. Yo había heredado el negocio, y aunque sólo me ayudaba a subsistir austeramente, nunca me planteé la posibilidad de abandonarlo. Mi trabajo me permitía escribir a cualquier hora del día o de la noche, colaborar en algunas revistas y periódicos digitales, me proporcionaba silencio, calma, y a veces algo tan necesario como la soledad, en todas sus acepciones.
¿Tiene usted alguna habitación libre? Me preguntó mientras respiraba convulsamente e intentaba recomponer su flequillo con los rizos rebeldes que se desparramaban por su cara como niños ingenuos, ajenos al peligro.
Claro que sí, tengo una habitación individual con vistas al río donde usted podrá descansar apaciblemente, le contesté algo avergonzado por no poder apartar la mirada de su rostro a punto de eclosionar en lágrimas, y sin embargo no había visto nada tan hermoso en mi vida, toda su imagen estaba envuelta en un ambiente tan caótico como místico, tan divino como quebradizo.
Le di las llaves lentamente, intentando retrasar todo lo posible que apartara sus grandes ojos del camino a los míos; no tan grandes ni expresivos, pero totalmente emocionados ante el paisaje agreste y recóndito de su cara.
Cuando subió las escaleras no pude evitar contemplar su figura esbelta, sus curvas de actriz de los sesenta, y ese cabello alborotado que prendía maravillosamente a su libre albedrío y con el que aún luchaba compulsivamente.
Cuando ella desapareció en el primer rellano de la escalera, la inspiración me invadió con tal fuerza y proveniente de tantas dimensiones que casi no atiné a articular mis dedos, todas mis neuronas estaban monopolizadas por las sensaciones y el recuerdo que se merecía una diosa tan misteriosa y elegante como mi inquilina…
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20/10/2008 07:58:58
Por: anonimo
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…de norte a sur y de éste al otro.
El eco del miedo colisionaba y ascendía como un hongo atómico que erizaba los vellos hasta clavarlos en la sangre, y ésta se asomaba histérica a los ojos de los vivos, para retroceder espantada ante una oscuridad coagulante.
Esa angustia empezó a provocar llantos, gritos, carreras hacia ninguna parte de almas en pena, como fantasmas de carretera con sus camisones y pijamas flotando en los reflejos de las estrellas gigantes de esa noche.
A maría sin embargo no parecía importarle, seguía sentada en su mecedora con los ojos agrietados de lava mientras observaba a todos sus vecinos, algunos de ellos, grandes amigos, corriendo despavoridos como pollos sin cabeza. Se mecía y se paraba de repente, como si alguien se lo ordenara tajantemente. El vaivén era de una cadencia tan hipnótica y oscura que parecía incentivar a la esquizofrenia colectiva. No sé por qué recordé en ese momento una leyenda que de pequeño escuché a más de un abuelo del pueblo. Decía que la muerte era tramitada tanto desde el cielo como desde el infierno; para llegar a cualquiera de los destinos había que superar una prueba, la del cielo era cándida e inocente, prácticamente todo moribundo aspirante la superaba, mientras que la del infierno era despiadada y perturbadora, si no eran superadas, las almas acababan esperando otra oportunidad vagando en la incertidumbre del limbo. Allí se tenían que ganar una nueva prueba para su salvación haciendo que reinara la armonía entre la alegría de los condenados a las ascuas del sufrimiento, y la tristeza de los que fueron elegidos para el paraíso y nunca llegaron a calzarse sus alas.
María no era del pueblo, no sé si conocía esta historia, ni tan siquiera sabía si esta leyenda tenía algo que ver con lo que estaba sucediendo ahora. Ella llegó acalorada un día frío de invierno…
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13/10/2008 03:53:38
Por: anonimo
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…para no levantar sospechas de humanidad. Lo único que le faltaba a la noche para aguar del todo la existencia de la gente era una gran tormenta. Sin embargo era todo lo contrario, nunca se había podido contemplar mayor número de estrellas en el cielo de aquel lugar acribillado de inquietud, su brillo era de una intensidad tan insultante que ocultaba cualquier rastro de que la luna existiese, y creaba un ambiente de sombras inéditas y luces agonizantes que no recordaba a nada. El aire sorprendía cálido en unas direcciones y avasallaba gélido en otras, como si el mundo girase de pronto caótico por un universo sin dioses piadosos.
Todo el mundo quería a María pero nadie se atrevió aquella noche a visitarla para confirmárselo, ni tan siquiera para intentar consolarla. Y yo, que también me hubiese comido a los pájaros si ella me lo hubiese pedido, sólo atiné a espiarla desde mi ventana, oculto tras la cortina, sometido a una vorágine de futuras intenciones y arrepentimientos pasados que me soldaron a la duda más cobarde que pueda padecer un amor tan intenso como anónimo. Una idea me atormentaba y a la vez me llenaba de un optimismo desaforado; ¿estaría contribuyendo la indecisión que padecía a la hora de mostrarle mis sentimientos a la hecatombe por la que atravesaban sus sentidos? y si mi amor no fuese tan siquiera digno de su atención ¿Podría al menos mitigar su dolor sentándome a su lado, cogiéndole las manos, aunque nos mantuviésemos en silencio hasta formar parte de la ornamenta exánime de las mecedoras?
Mientras mi estar o no estar me consumía, un apagón eléctrico hizo que un inquietante murmullo de preguntas y temores recorriese el pueblo en todas direcciones…
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09/10/2008 04:40:54
Por: anonimo
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Lloró tanto que el fin de mi tiempo se empezó a medir tomando de referencia sus lágrimas, todos sus holocaustos aprovecharon un pequeño contratiempo para salir en estampida por cada uno de los poros que pudieran convertirse en heridas sobre su cuerpo desterrado de aliento. Apenas si recordaba el por qué de las primeras gotas amargas que recorrieron su rostro descompuesto por el desamparo. Pero contemplo todo lo que alguna vez pudo hacerle albergar esperanzas, arrasado para siempre y enterrado bajo su mirada enfermiza.
A todo el pueblo le sorprendió la tristeza en el atardecer de aquel día. María lo contagió todo desde su balcón, ahogada ante el crepúsculo que el sol le mostraba con alevosía por encima de los árboles meciéndose como plañideras desconsoladas. Aquella noche todo el mundo rezó; unos a Dios, otros a la tierra, y los locos del pueblo al balcón de María. Los perros callejeros iban pidiendo disculpas con el rabo entre las piernas mirando compulsivamente a su alrededor y aullando a destiempo. Los pájaros que habitualmente comían en su mano, sólo bebieron esa tarde las lágrimas estancadas en su escote, todos murieron de repente al poco de emprender el vuelo sin que a ella pareciera sorprenderle. Los gatos hicieron esa noche de barrenderos cautelosos del infierno, parecía que estuviesen destinados a no dejar huellas de lo que siniestramente se avecinaba, y fueron comiéndose los pájaros uno a uno hasta que su gula se rindió y decidieron enterrarlos sin ninguna ceremonia religiosa o discurso fúnebre…
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28/07/2008 09:11:47
Por: anonimo
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Cada vez nos rodean
más conjeturas siniestras;
surgen de un tiempo
enfermo donde los minutos
se enconan y se
dividen inagotables,
corrompiendo días,
invirtiendo expectativas,
coartando amaneceres.
Ven aquí, un poco más cerca,
abrázate a mi espalda
como si nunca nos
hubiésemos defraudado,
asómate a esa playa lejana,
serena, nebulosa, aquella
al final de este furioso
acantilado; cementerio
de vivos irreconocibles.
Sí, éramos recolectores
de olas, eruditos en ilusiones.
Pero no quiero volver,
tan sólo retómame,
y oirás de nuevo el mar
en tu ventana, bailarás
desnuda sobre la arena
desde tu bañera.
saldrás de mí como agua
fecundadora y todopoderosa.
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