Buñuel o los infortunios de la virtud
El siguiente texto establece una correspondencia entre los personajes del Marqués de Sade con los del cineasta español —a quien recordamos a 25 años de su muerte—, ambas visiones marcadas por la subversiva naturaleza humana.
“En Sade descubrí un mundo de subversión extraordinario, en el que entra todo: desde los insectos a las costumbres de la sociedad humana, el sexo, la teología. En fin, me deslumbró realmente”.
Buñuel
Buñuel es Justine. Buñuel es Sade. La obra cinematográfica de Buñuel es el recorrido desafortunado de la virtud frente a la realidad. Justine es un personaje a imitación del Quijote, cree en una realidad que sólo existe en su imaginación. Al escapar del convento, Juliette, un personaje totalmente pragmático, le dice a Justine que sólo prostituyéndose y timando van a sobrevivir. Justine se horroriza, prefiere la muerte a la ignominia. Al ver que nadie la ayuda dice: “Será preciso que los primeros pasos que dé estén marcados por la desgracia”. En Los olvidados Pedro hace toda clase de esfuerzos para redimirse, para encontrar una vida que lo aleje del reformatorio, y no lo consigue. Se enfrenta con una realidad que nada tiene que ver con lo que él desea. El Jaibo, una Juliette que sabe de qué están hechas las calles, lo arrastra a su condena. Pedro también tiene un dios que no lo escucha, un dios sordo y ciego, su madre a la que adora y le ruega por su cariño. Las madres, como dios, tienen que ser crueles, de otra forma su función no tiene sentido. El camino de Pedro está plagado, como el de Justine, de seres miserables; pedir ayuda es dar la oportunidad al verdugo de tener una víctima. La pobreza no es el camino a la vida eterna, es el lugar de la desgracia más profunda. Nada hay que la virtud pueda ofrecer para acabar con este dolor. Mientras Justine clama al cielo, el ciego de Buñuel está seduciendo a una niña.
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