En la portada de Dietario voluble –ensamblado en parte a partir de la columna que Enrique Vila-Matas viene publicando en la edición de Barcelona de El País desde el 2005– aparece el autor fotografiado por el francés Olivier Roller, especialista en corregir actitudes y poses familiares de narradores.
Ahí, Vila-Matas de espaldas, como advirtiendo: “el de aquí dentro soy yo pero… ¿soy yo?” O mejor aún: las espaldas de Vila-Matas. Porque este Dietario voluble juega –e invita a jugar– con todo lo que el escritor lleva sobre sus espaldas y dentro de su cabeza. Así, una especie de aleph de este barcelonés errante con mucho de Internet privada enseguida convertida en objeto público y en constante movimiento. Y –ahora que lo pienso– tal vez lo mejor habría sido una foto de un Vila-Matas movido pero, sin embargo, en perfecto foco.
Dicho esto, el Dietario voluble no es un diario típico. Tampoco es un journal o un travelogue, sino algo más cercano al modelo para armar o desarmar; y estas resonancias cortazarianas no me parecen gratuitas porque sobre este libro aletean los combates y viajes de volúmenes atomizados como lo fueron en su momento. La vuelta al día en ochenta mundos o Ultimo round. Sumarle a esto, a esa voracidad rayuelesca, la voluntad kafkiana de mirar fijo y llegar a los huesos de las ideas, a su potencia medular de aforismo definitivo o su sorpresiva explosión de humor.
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