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Una tragedia dormida

18 de Mayo del 2009 Por: anonimo

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Una tragedia dormida
Estoy desolado, y avanzo en caída libre hacia el grado de desesperado. El hecho de ser consciente de ello hace que me preocupe aún más, alcanzando irremisiblemente el estado de desamparo en el que —tras este paréntesis— ya he alcanzado.
Todo: desde la intención de hacer el primer trazo de garabato aspirante a letra, hasta el punto y final de lo que estaba a punto de escribir, y por tanto, de contaros, se me ha olvidado. Con serios visos de ser para siempre y por completo. Una tragedia teniendo en cuenta que el cansancio me invade por todos los frentes, sobre todo por aire, con los despiadados síntomas del sueño: haciendo de mi cabeza un tiovivo de despropósitos, una sucesión de caóticas afirmaciones equinas.

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La historia más triste de la historia (XX)

8 de Mayo del 2009 Por: anonimo

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La historia más triste de la historia (XX)
–¿Puede decirme por qué está usted tan seguro de eso, si no me conoce de nada?
– Por su cara, en algunas personas la cara no es el reflejo del alma, es el espejo de algo más elevado y místico. El alma en su rostro es sólo una sonrisa, una expresión de sosiego. El resto es un insondable y maravilloso misterio que contagia esperanza, y revaloriza la vida.
María no estaba para piropos filosóficos, de hecho, era uno de los motivos de su espantada, llevaba toda la vida soportando oleadas de insinuaciones huecas, de adulaciones interesadas, de atenciones desmedidas de quienes —en el mejor de los casos— apenas habían compartido un “buenos días” con ella, fuese cual fuera la situación y el escenario, los halagos le llovían: de profesores asaltacunas; de curas dispuestos a sustituir a Dios y a toda su corte celestial por una Diosa cuyas caderas crucificaban su entrepierna; de amigos que jamás aspiraron a serlo; de maridos en busca de una favorita para su harén; de familiares degenerados; incluso de un ahogado imberbe al que le practicó el boca a boca; ya fuese en el metro; en los semáforos; en las sala de espera de los hospitales; desayunando; en el mercado; en las bodas; dando el pésame en los funerales…
En su relación con los hombres —exceptuando a su padre— nunca había tenido la certeza de comprender el significado real de las palabras. Todo lo contrario que con las mujeres, donde, al menos, estaba segura de que la envidia era la mitad de lo que sentían por ella, y que por tanto, sus conversaciones siempre tendrían un cierto transfondo de reproche.
–Mire usted, he tenido un día —por no decir una vida— para olvidar, estoy agotada, y lo último que quiero hacer en este momento es tenerle que explicar por qué odio que me adulen, así que le rogaría que obviase mi presencia el resto del viaje. ..

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En otra vida será

30 de Abril del 2009 Por: anonimo

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Daría un año de mi vida (negociable) por tocar la guitarra como Paco de lucía. Por tener la clarividencia de Borges. Por adivinar el orden exacto de cada palabra con el resto. Por alcanzar la sensibilidad de Ella Fitzgerald, y estremecerme hasta crepitar componiéndote la más mítica de las canciones.
La próxima vez que viva me gustaría —sería todo un detalle digno de fe, e impagable— que se me concediera la oportunidad de fijarme metas a más largo plazo, incluso tener el tiempo necesario para llegar a cruzarlas integro. O, en su defecto, la de adquirir antes los conocimientos suficientes para que no me importara alcanzarlas.
Todo lo demás es involución y espera. Sólo espero que así no sea.

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El último templario

27 de Abril del 2009 Por: anonimo

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El último templario
A veces riego las macetas del patio sólo por el placer de disfrutar del olor a tierra mojada —No sé por qué la palabra “sólo” se ha colocado en el centro de la frase prácticamente sola, como implicando cierto grado de frivolidad, desidia, o lujuria—. Es una sensación breve, como la tierra y el agua que mezclo, pero lo suficientemente intensa para elevarme sobre el ruido y el olor de los coches, y adentrarme por un instante en una modesta selva que poseo a las afueras de la humanidad, en otra dimensión, en un refugio anti-personas. Es el único trozo de planeta que sobrevive virgen al hombre. Así que no lo piso. Lo rodeo, lo vigilo, lo sobrevuelo con el celo de una mamá águila. Soy como un Dios protector, el último templario en el reducto final del postrero planeta que habitaremos. Un trance en el que permanezco justo lo que tarda en invadirme el próximo ruido estridente procedente de la calle. Esta vez ha sido un camión frigorífico, que ha aparcado en mi puerta para descargar hielo y bebidas en el mesón. De nuevo los trinos son silenciados por motores transitando sobre el motor aparcado. El olor a hierba es desplazado por el de gasolina quemada. Como plañidera llorando regreso a este velatorio de sentidos. Llaman a la puerta. Eres tú, oportuno salvavidas.

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