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La historia más triste de la historia (XIV)

9 de Febrero del 2009 Por: anonimo

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La historia más triste de la historia (XIV)
…Algo exagerado quizá, lo reconozco, pero les aseguro que lo dije con un convencimiento sólo superado, en ese momento del universo, por su pálida belleza.
Finalmente María accedió a mi oferta de auxilio, seguramente porque la pensión era el lugar donde —antes de topar conmigo— tenía pensado dirigirse. Así que al fin tomábamos la misma dirección en algo, y yo esperaba ansioso que ese fuese el famoso “algo” por el que siempre se empieza. Ambos mirábamos su mano lesionada mientras caminábamos por la acera rojiza de la calle inquisición.
En sus rostros se tallaba la envidia cuando pasamos —como paseando— por delante de los abuelos, uno apretó con tal rabia la empuñadura de su bastón que se oyó crepitar la madera como en un fuego que muere arrepentido.
Mi sangre circulaba a una frecuencia que ya no recordaba, pero que reconocí de inmediato cuando me invadió el pecho, y provocó en mi boca una sonrisa floja que no podía sino ocultar con mi mano para no parecer
—sobre todo a sus ojos— si cabe, más idiota.
Hacia un día esplendido; —lo hubiese sido de todas formas, aunque hubiese llovido alacranes— una mañana soleada y cálida que no imponía a nuestra vida ningún inconveniente de antemano. Atravesando la plaza de los ahorcados me quedé mirándola y le dije con un valor desconocido: Como mínimo, usted pensará de mí que soy una catástrofe digna de evitar.
Ella me miró con esos ojos que hacían extraños aliados de la tristeza y la más adictiva sensualidad, me regaló una somera sonrisa de comprensión y me dijo: usted ha de perdonarme también, mi comportamiento ante sus disculpas ha sido bastante grosero, por no decir desagradable…

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La historia más triste de la historia (XIII)

26 de Enero del 2009 Por: anonimo

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La historia más triste de la historia (XIII)
Ahí yacía la diva de la elegancia con una expresión de dolor que ocultaba -en su apogeo- la que ya tenía desde que llegó; menos aguda pero más profunda. Le había roto dos uñas y lastimado el dedo corazón; seguramente el último reducto en su cuerpo para la esperanza y la propia satisfacción cuando todo lo demás enferma. Agitó la mano afectada como tocando la guitarra, intentando expulsar el daño, levantó la cabeza, apartó desairada sus rizos con una de las pocas extremidades que -desde que me emocionó por primera vez- yo le había dejado ilesa. Al verme, los ojos se le achinaron, sus mandíbulas llegaron a dar sombra, y la
sangre le hirvió como queriendo gritar y zarandearme; haciendo más intenso el dolor en sus dedos. ¡Vamos pégueme!, pensé. Así mis disculpas estarían a menos distancia de su perdón. Pero no lo hizo, tan sólo esbozo una frase que contenía en su tonalidad la esencia misma de su calvario; Una simple palabra envuelta en misteriosos destinos siempre encuadrados en su caótica realidad, dijo: ¿usted? Sí, otra vez yo, asentí apesadumbrado ante tan pobre respuesta, que por supuesto no ayuda un ápice a esclarecer ninguna de sus incógnitas existenciales.
La visión de la sangre colonizando el interior de sus uñas me impulsó, no sé aún muy bien por qué, a tener una actitud y decisión, al fin, de caballero.
-Si no me permite Usted que le cure las heridas me hará tan desgraciado como si tuviese la certeza de que voy a morir mañana, le supliqué.
-No se moleste, ha sido una funesta coincidencia, además tengo demasiada prisa, debo hacer unas llamadas urgentes.
-Puede hacer uso de mi teléfono todo el tiempo que quiera, de hecho, después de causarle tantas contrariedades, mi pensión prácticamente le pertenece, puede hacer lo que le plazca, considérela su casa. Pídame que la queme y mañana le entregaré con una sonrisa las ascuas

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La historia más triste de la historia (XII)

12 de Enero del 2009 Por: anonimo

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La historia más triste de la historia (XII)
Entró en la inmobiliaria que había en la esquina de la plaza y allí permaneció durante un siglo.
En aquel momento pensé que lo que más deseaba en este mundo no era dinero, inteligencia, salud, o conocimientos. Si realmente pudiese concentrar toda la suerte que fuese a tener en mi vida para pedir un deseo ahora, pediría que María hubiese entrado en la inmobiliaria con la intención de instalarse en este pueblo una temporada; concreta o abstracta. Me armé del valor que nunca había tenido sin que de antemano el alcohol se acostase haciendo un trío con mi sangre y mi timidez. Me coloqué en el escaparate de la oficina frunciendo el ceño como si estuviese leyendo los anuncios de venta y de alquiler que empapelaban de eterna fiesta el cristal. Entre los precios resaltados y las fotos de chalets con piscina privada podía ver a María de espaldas, hablando con Dolores; la agente de ventas que casualmente era prima de una prima mía por parte de medio pueblo; ventajas de vivir en un lugar pequeño donde había que hacer malabarismos para evitar la amenaza de la endogamia. No sabía que inesperada casualidad le podía resultar a ella más convincente; encontrarme al salir de su consulta leyendo las oportunidades del escaparate, o quizá que entrase para preguntarle a Dolores por algo relacionado con nuestra prima en común. Mientras sopesaba los pro y los contra de las diferentes opciones, absorto en una mosca aplastada bajo una casa adosada, María se levantó, avanzó hacia la salida al mismo tiempo que yo decidí entrar a preguntar por la familia. Empujé firmemente la puerta para confirmar mi determinación. Ella ya había comenzado la maniobra de aproximación de su acogedora mano hacia el pomo. Y sucedió lo que, aun siendo tan lógico como inevitable, no dejaba de ser una conspiración espacio temporal contra mi supervivencia emocional…

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Ensoñaciones de amor

31 de Diciembre del 2008 Por: lycos

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En el acantilado estoy,

viendo las olas llegar,

lágrimas de mi penar,

que mi corazón siente hoy.

——

En la orilla de este río,

corriente de pensamientos,

moras tú angel mío,

guardián de mis sentimientos.

——

Cuando oigo tus pasos,

fluyendo me quedo,

esperando con celo,

cumplir mi deseo,

que es ver tu reflejo,

en el claro espejo,

de tus blancas aguas.

—–

La poesía es el arte de expresar los sentimientos de forma melodiosa. Vale la pena adquirir libros de segunda mano de poetas famosos si quieres aprender a escribir versos con el estilo correcto y encontrar palabras que salen del corazón. Los libros nos transmiten esa energía que los autores impregnaron en sus páginas.

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