PIENSO, cada vez más convencido, que leer ficción literaria y viajar a sitios culturalmente admirables son actividades que para el habitante de la sociedad del bienestar -crisis económica y violencia ambiental incluidas- se han convertido en modos accesibles de ensanchar el mundo, su mundo, a la vez que le ayudan, junto con nuevas tecnologías como Internet y sus excitantes potencialidades, a evadirse del tiempo real, del tiempo de los problemas cotidianos.
Leyendo o viajando, sea imaginativa, geográfica o virtualmente, ese habitante puede huir hoy con mayor facilidad que sus predecesores del rutinario y cansino «aquí y ahora» para vivir en otros lugares con la sensación de que las horas pasan, transcurren, sí, pero más plenas y felices. No sé si más libres. Sirva esta reflexión -hasta cierto punto subjetiva, y por tanto discutible o matizable- como prólogo al relato de la pequeña aventura personal que en agosto de 2007 me llevó, tras una serie de peripecias y carambolas del destino, a bañarme en las tirrenas aguas de la italiana región de Liguria, no muy lejos de su capital Génova, concretamente en la playa de Recco, un pueblo de pescadores, y turístico en verano, próximo a otros más famosos desde el siglo XIX por su cosmopolitismo de alcurnia como son Rapallo, Santa Margherita y Portofino.
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