29 de Diciembre del 2008
Por: anonimo
Categorías: Literatura Etiquetas: historia, llorar, mujer, relatos, tristeza

Una media hora después volvió a bajar las escaleras con la misma intención, y distinta indumentaria, que la desafortunada vez anterior. Jamás olvidaré esa breve falda negra que se ceñía a su cintura y a sus piernas como la arritmia a mi sangre de resucitado a la belleza. Esa justa compresión que ejercía la ropa sobre sus formas hacía de su cuerpo un arma de seducción masiva. Era fácil imaginar la complejidad que tendría la naturaleza para repetir ante mí, esa misma proporción de tristeza, voluptuosidad y misterios, que continuamente se amasaban en María, y que hacía retroceder a mis órganos y músculos como preparándose para saltar sobre esa remota posibilidad; que ahora mismo pasaba ante mí, dejando las llaves junto a mis manos y dirigiéndome un tímido: hasta luego; con la delicadeza y la premura de un ángel con las alas en llamas. Con una media sonrisa de idiota entero, le dije el adiós menos verosímil de la historia; quise decirle que podía acompañarla donde quisiera, que esperaba su regreso como si nada pudiese suceder en su ausencia, que lo daría todo por una cómplice sonrisa suya. Ante mi falta de valor decidí seguirla bajo la excusa de estirar las piernas; el pueblo no era muy grande y sería casi normal que nos encontrásemos en cualquier parte. Pude ver como le preguntaba a una joven algo por la calle inquisición; lo normal es que me hubiese consultado a mí, pero no puedo achacarle que después del patético espectáculo que le ofrecí ayer, decidiera probar suerte con alguien más normal. Atravesó la plaza del ayuntamiento observada por toda una legión de jubilados que sacaron pecho, escondieron los bastones, y reajustaron sus dentaduras, pero ella no dio ni los buenos días…
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22 de Diciembre del 2008
Por: anonimo
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En los instantes siguientes Dios no consideró oportuno manifestarse; al menos a favor de ayudar a Ricardo y a sus acólitos. Toda esta noche, conteniendo todo este lugar, parecía desconectada del resto del universo, tan sólo el miedo y la expectación confirmaban su existencia y les otorgaba algo de tiempo.
El hijo del carnicero estaba seguro que el Señor iba a tomar partido tarde o temprano, de alguna u otra manera; auxiliándolos con su infinito poder, o abandonándolos a su libre albedrío; concediéndoles la posibilidad de redimir quién sabe cuantos innominables pecados.
La fe de Ricardo era como el plebiscito de un dictador; no admitía el menor resquicio para la duda; sí, para continuar, y no, para no marcharse.
Esa quietud abismal de los acontecimientos lo dejaba todo meridianamente claro; el Hacedor había puesto ante ellos los medios oportunos para el arrepentimiento y la expiación. El carnicerito empezó a caminar escalando la colina manteniendo los brazos en cruz y rezando el salmo penitencial número cincuenta y uno:
“Tenme piedad, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito, lávame a fondo de mi culpa, y de mi pecado purifícame. Pues mi delito yo lo reconozco, mi pecado sin cesar está ante mí; contra Ti, contra Ti solo he pecado, lo malo a tus ojos cometí…”
Los demás, menos eruditos en temas de devocionario, después de titubear unos segundos acordaron permanecer junto al crucificado rezando un Padre nuestro; su fe quebradiza sólo les había podido infundir el valor suficiente para vencer el pánico hasta el pie del otero.
Cuando Ricardo se giró para infundir valor al grupo con la convicción que derramaban sus desorbitados ojos celestes, comprendió que sólo él era el mártir elegido para subir este calvario y salvar al pueblo. Aunque para ello hiciese falta su propio sacrificio….
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9 de Diciembre del 2008
Por: anonimo
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Ricardo, el hijo del carnicero de la plaza de abastos, cuya madre murió trágicamente cuando él ni siquiera había dejado la teta, fue criado estrictamente en la fe católica por su padre; cada oración, cada pecado, cada mandamiento fue grabado en su memoria tan firmemente que acabó siendo el rasgo predominante de sus genes, ahorrándose cientos de años de evolución gracias a la contundencia con que su progenitor cortaba, con grandes y afilados cuchillos, las piezas de carne mientras lo aleccionaba, como si fuese una sangrienta penitencia. Desde muy joven hacia cada domingo funciones de monaguillo, así que se consideró con la potestad suficiente para tomar las riendas de aquella satánica situación en nombre de su devoción, se armó de valor e ira y propuso enfrentar la imagen mesiánica de Don Jesús a la que parecía ser la fuente de todos sus males, María. Para ello llevaron la cruz hasta el final del parque, justo a la falda de la pequeña colina que conducía a la casa de mi amada, hicieron un agujero en la tierra, entre todos plantaron el roble sagrado con la imagen del sacerdote mirando hacia el balcón. Ricardo, seguido e imitado por todos, extendió los brazos recreando la postura del cura, miró lo más alto que pudo, por encima incluso de las estrellas, y adaptando uno de sus pasajes bíblicos preferidos a las circunstancias, dijo: Señor, Dios del cielo, grande y temible, que cumples el pacto y eres fiel con los que te aman y obedecen tus mandamientos, te suplico que me prestes atención, que fijes tus ojos en este siervo tuyo que día y noche ora en favor de tu perdón. Dinos, ¿qué debemos hacer para expulsar el mal de este humilde pueblo?
Paradójicamente, visto desde mi ventana, aquella pavorosa escena recreaba fielmente un camposanto, hecho de cruces humanas que parecían abrir la eternidad de sus almas a la voluntad de María…
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1 de Diciembre del 2008
Por: anonimo
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…A medida que fueron llegando formaron un lúgubre coro de fieles alrededor de su guía espiritual. Nadie osó razonar los motivos por los que un árbol tan vigoroso y sano se había precipitado con tanta precisión como alevosía sobre el débil cuerpo terrenal del religioso. El tronco del árbol quedó soldado al del discípulo del papa, dejando entrever sólo la parte sobrante de su sotana. Sus brazos abiertos yacían aleados bajo gruesas ramas. No hubo forma humana ni divina de separarlos, tomaron la determinación de intentar levantar los cadáveres con la grúa municipal; amarraron la rama más gruesa al gancho, el vehículo salió despacio, y a medida que avanzaba el árbol se fue girando hasta quedar enfilado con el coche, y con Don Jesús, al fin, boca arriba. Al levantar todo lo posible la copa del roble se pudieron oír silbar entre las nucas una sarta de escalofríos y lamentos. La imagen era radical y lamentablemente familiar; la crucifixión tal y como todos imaginábamos, incluso le resbalaban algunas gotas de sangre desde la frente hasta el resto de su magullada cara. Los más creyentes se presignaron mirando al cielo, y arrodillándose en el claroscuro suelo pidieron clemencia a Dios. Hasta el más ateo se convirtió de inmediato, la casualidad no podía gestionar tanta maldad, así que si satanás estaba esa noche merodeándolos con su pesadumbre, sería segura la existencia de un salvador al que las personas humildes y buenas pudieran pedir misericordia.
Yo también miré al cielo desde mi ventana, pero buscando alguna señal inequívoca que explicara el por qué todo lo macabro que se concentraba en aquellas negras horas parecía manar de María. Pero el cielo nocturno parecía una imagen detenida, un cartel de ciencia ficción que estaba poco a poco atenazando a la vida…
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