El oficio de editor, algunos dilemas y paradojas: Jorge Herralde
Un editor, y aquí me refiero a una raza particular de editores para quienes lo único sagrado es la coherencia de su catálogo, tiene que intentar ser un experto en conciliar paradojas.
Así, por ejemplo, debe practicar la llamada “política de autor”, siguiendo la trayectoria de sus mejores escritores, aun en sus títulos menores o poco afortunados, pero inesquivables, y simultáneamente buscar las nuevas voces de su tiempo, los posibles clásicos del futuro.
Los grandes autores del catálogo, a menudo vivos y en plena actividad, otros ya fallecidos cuya obra se quiere rescatar (véase Nabokov o Sebald, en nuestro catálogo), ocupan una parte considerable del codiciado espacio editorial, en realidad casi un numerus clausus, por lo que cada nuevo autor incorporado debe competir ferozmente con muchos candidatos para la casilla vacante del catálogo.
Otro ejemplo, bien típico en la profesión, consiste en publicar libros con los que uno sabe con toda seguridad que perderá dinero (las desviaciones estadísticas son mínimas), pero se siente obligado a hacerlo, bien por la excelencia literaria incuestionable de un texto, bien por tratarse de un autor prometedor, desconocido y que no apuesta por la facilidad, entre otros ejemplos.
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