Las profesoras Brontë
Todo deja entrever que la incursión de Charlotte, Branwell, Emily y Anne Brontë en el terreno de la enseñanza fue, para los cuatro, poco menos que un martirio. En las cartas de Charlotte, en los diarios de Anne y en las novelas de ambas se pueden encontrar numerosas huellas de esa atormentada experiencia. Nada –se nos da a entender–, podía ser peor que trabajar como institutriz, preceptor o maestro de los alumnos que les tocaron en suerte a los Brontë, o depender de las personas para las que trabajaron.
Comparto la desesperación por la elección obligada de esa profesión (salvo por el hecho de que proporcionó un espléndido material narrativo), y me alegro, como todos, de que por lo menos tres de los hermanos Brontë hayan descubierto su verdadera vocación muy a tiempo para escribir los sorprendentes y anticonformistas libros que posteriormente escribirían. Pero el punto es: ¿en verdad, en el momento que los Brontë emprendieron su carrera como profesores, fueron unos inocentes corderitos a merced de los lobos? Acaso, si algo pudo haber nivelado su desventura, fue la suerte de los alumnos y de las familias que emplearon a Charlotte, Branwell, Emily y Anne.
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