Viernes 09 de Enero de 2009

El beso: Munch, Rodin y Klimt

19/08/2008 08:07:50 Por: apostillasliterarias Clasificado en: Ensayos Tags: , , , , Sin comentarios →

¿Qué es un beso? Un simple intercambio de salivas, escribiría E. M. Cioran en un de sus despiadados aforismos. Y si Edvard hubiera podido leer tan extravagante definición, sin duda habría asentido de inmediato, previa sonrisa irónica. Pero, ya sea en esta tela o en los grabados sobre el mismo tema, el beso significa para él algo más hondo y dramático que el simple acto de succionar la saliva ajena. Un hombre y una mujer se funden en un trémulo abrazo. De sus pesados cuerpos –asemejando una inmensa montaña escarpada– emergen vibraciones incesantes, ondas verdes y azulosas que se expanden hacia el exterior del cuarto, como si huyeran despavoridas a través de la ventana que está al fondo de la habitación. La mañana transcurre desapacible y el intenso frío los acosa sin clemencia. Una luz blancuzca e indiscreta se filtra y expande por el costado inferior del cuadro. Los aludidos visten de negro, el color de la culpa y el temor. Advertimos el perfil derecho, difuso y sin mácula, del propio Munch, una imagen resuelta con pocos y efectivos trazos capaces de delinear su archiconocido autorretrato simbólico. De ella sólo vemos el cuello y una porción incierta, difuminada, de su rostro. ¿Rehuye o responde al contacto de los labios? He aquí la incógnita. Más que erotismo hay en ese sujeto un deseo irrefrenable de posesión, de sometimiento; la excitación sexual parece desbordársele con apremio. La mujer, en actitud pasiva, no se resiste al abrazo, acepta las reglas del juego y hasta apoya cálida y tímidamente sus dos manos sobre aquella espalda encorvada, henchida de pulsiones a punto de estallar. Al entrelazarse de esta manera, ambos cumplen el convenio previamente establecido. No se vislumbra en la escena ninguna chispa de calidez amorosa, sólo la consabida acción de toma y daca que ocurre todos los días y en todas partes. Tampoco se percibe un dejo pasional, ni siquiera un atisbo de afecto, sólo las típicas emociones incontroladas y volátiles aprendidas rutinariamente a lo largo de los siglos. La solícita aquiescencia de ella nos impacta, nos retrotrae a ese ancestral ritual mediante el cual se atestigua el frío trueque del placer por su precio en oro. ¿Corolario? Un gélido beso, dos soledades compartidas y la ilusión transfigurándose en evasión. Una y mil veces.

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