Eutimio Martín, catedrático emérito de la Universidad de Aix-en-Provence reconstruye, en El oficio de poeta. Miguel Hernández (Aguilar) La trayectoria humana y literaria de uno de los clásicos del siglo xx y nos Desvela Algunos aspectos poco conocidos o ignorados de su personalidad y de su ideología: un carácter áspero de personal no Exento Presunción contrarrevolucionaria y la dimensión de su obra inicial.
Decir Jorge Herralde (Barcelona, España, 1935) es referirse a parte de la historia editorial de su país y del mundo hispano. Su segundo apellido podría ser, perfectamente, Anagrama, porque fue él quien fundó esta editorial hace ahora 40 años. Entre sus escritores: Ian McEwan, Alessandro Baricco, Roberto Bolaño, Javier Marías y Álvaro Pombo, por citar sólo unos cuantos de un nutrido catálogo.
Con un fondo de casi tres mil títulos y nueve colecciones entre las que sobresalen “Contraseñas”, “Panorama de Narrativas” y “Narrativas hispánicas”, el 40% de la facturación de Anagrama corresponde a libros de fondo. “Hemos tenido algunos best sellers, como El dios de las pequeñas cosas y Los girasoles ciegos. Pero lo nuestro son los long sellers, como Nabokov, Capote o Kerouac. Una de las características de los editores independientes es que apostamos por el fracaso, aunque a veces nos llevamos sorpresas”, sostiene Herralde, reconocido el viernes pasado en la Ciudad de México con la medalla Sor Juana Inés de la Cruz por sus 40 años dedicado a la tarea de descubrir a grandes autores y tender puentes de palabras entre los países de habla hispana.
CELEBRACIÓN DEL ANIVERSARIO DE ANAGRAMA:
Miércoles 2 de diciembre de 2009
Salón 4, en la planta baja de Expo Guadalajara Feria Internacional del Libro (FIL)
De 18:00 a 18:50 horas
Participan: Jorge Herralde, Jon Lee Anderson, Juan Villoro, Richard Ford y Nicolás Alvarado
El perfecto cuentista moderno
Marcos Mayer
Revista ñ
17.1.09
Bien arriba, casi en el centro de la tapa de Sargent Pepper’s Heart Club Band de los Beatles, aparece recortado el rostro de Edgar Allan Poe. Puede decirse ahora, cuando se cumplen 200 años de su nacimiento el 19 de enero, que tal vez esta haya sido una de sus últimas apariciones visibles. No se lo va a encontrar hoy mencionado como influencia por ningún autor, sus relatos ya no se adaptan al cine, no sirve ya con frecuencia de inspiración flagrante para experimentos musicales como Tales of mistery and imagination, de Alan Parsons, el disco que le dedicó Lou Reed o las partituras de Philip Glass a partir de su obra. Esta ausencia nada tiene que ver con el olvido, sino con la obviedad. Nadie que escriba hoy un cuento –aunque no sea fantástico ni policial– puede prescindir de la economía del relato teorizada y llevada a la práctica por Poe. Quien piense en un detective convive obligadamente con el fantasma de Auguste Dupin, primera personificación del investigador privado, quien recorre las calles de París tratando de encontrar las pistas de misterios aparentemente insolubles. Para decirlo de otro modo, Poe fue un gran inventor y el hecho de que hoy no se lo mencione con la reverencia con que se alude a otros inventores como Shakespeare, Homero, Balzac o Kafka, tiene que ver con cuestiones patrióticas en las que la fácil disposición francesa a construir sus propias fascinaciones ha jugado su parte. Ya llegaremos a eso, a la leyenda, de la cual Poe, si es cómplice, probablemente lo sea muy a su pesar.