Exactamente una semana después que Herta Müller recibiera el Nobel de Literatura en Estocolmo, la ciudad de Berlín decidió festejarla. Clausuró la duda nacional –¿es rumana? ¿es alemana?– y la declaró ciudadana berlinesa. Fue el primer día de invierno verdadero en esta ciudad. Doce grados bajo cero. Desde el día anterior estaba nevando. Nieve bajo las suelas de los zapatos. Nieve que se combate con arena gruesa, cenizas y gravilla. Y sin embargo, la nieve de ayer ya es hielo.
La cita es a las ocho de la noche del pasado 18 de diciembre. Y Herta llega a las ocho y diez, retrasada por el tráfico sorprendido por la nieve. Su figura menuda, vestida de negro, es rápidamente reconocida en esta sala colmada de punta a punta, con capacidad para mil asistentes. Hubieran podido ser 4 mil. Pero es una fiesta casi improvisada, organizada por las instituciones culturales de Berlín. Una fiesta para alguien a quien no le gusta festejar, a quien las aglomeraciones de gente le producen más susto que alegría.