La historia más triste de la historia (XXVI)

20 de Julio del 2009 14:46:35 Por: Antonio Ruiz Bonilla

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–Mucho me temo, lejos de desearlo o no, que no sería una buena idea, debo concluir lo emprendido sola, sé que no hace falta que le explique nada más, incluso estoy segura de que sabía que esta sería mi respuesta.

Dejó caer la maleta al suelo, justo encima de su mirada de ceniciento, y con una expresión de resignación penitente recorrió lentamente su cuerpo hasta que en sus ojos se batieron todas las incertidumbres de la creación, la cogió por los hombros; le deseó suerte; le entregó una tarjeta jurándole que no dudara en llamarlo aunque sólo fuera para insultarlo; se besaron en las mejillas mientras el tren se detuvo definitivamente —para su desgracia no fue para siempre—. Se abrieron las puertas, ella lo acribilló sin proponérselo con un adiós bajo una sonrisa ambigua, antes de entrar en la pequeña estación se giró para despedirse de nuevo con un movimiento de su mano, como renunciando a una probabilidad de vencer, o sucumbir, al sentido de su existencia. Él sólo atinó a colocar la palma de su mano sobre el cristal, la miró sin parpadear mientras el tren reanudaba su marcha, justo cuando pasaba a su altura introdujo la otra mano en el bolsillo de la camisa, desplegó una hoja escrita con letras enormes que pegó a la ventanilla y que decía: “LLÁMAME MARÍA”. Confirmando así la sospecha de María sobre su condición de profeta…



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