El 16 de junio de 1904, día en el que el joven dublinense Stephen Dedalus (profesor de Artes en escuela privada y aspirante a escritor) se cruzó más de una vez a lo largo de la jornada con el maduro judeoirlandés Leopold Bloom (corredor de ventas de papelería) en los recorridos de ambos por el laberinto callejero de la ciudad de Dublin.
Y tal recorrido de Dedalus y Bloom por la ciudad multihabitada por vivos, muertos y fantasmas, culminó en una orgía burdelera, en una riña con borrachos, en la despedida y el retorno de cada uno de ellos hacia sus respectivos hogares, y finalmente, pero como para nunca finalizar, en el insomne monólogo de la bella y madura Molly, irlandesa esposa de Bloom, en el lecho matrimonial y adúltero. Ese ardiente río verbal ese monólogo de un coño anhelante y soñador, fluye en varias terminales páginas sin puntos ni comas de un libro y en él están Dedalus y Bloom y Boylan y, claro, la misma Molly, y un sinnúmero de dublinenses y diríamos toda Dublin. Con ese discurso lujurioso, febril y a la vez muy preciso, brutal y poético, llega al grand finale la novela o el poema narrativo en prosa titulado Ulises (Ulysse), imaginado por un dublinés autoexiliado en Trieste y Zurich: James Joyce.