Cuando la hora dío paso a la hora y media, la posición en que se encontraba ya no resultaba tan cómoda. Se levantó para ver pasar el tiempo.
Tan lejano como la hora del examen era la espera para conocer la valoración.
Horas y días eran tiempo futuro al fin y al cabo. Pasando un tercio de la vida durmiendo y los otros dos restantes recordando el sueño: el tictac suena como un tic continuo.
Había pasado dos décadas sin conocer el tac. Se le hacía extraño reconocer que ahora dependía de él, aunque más extraño era el porqué.
Vuelve. Un pie tras otro y al cabo de unos pasos parece estar pisando barro. Busca algo donde apoyarse y quitarse aquella capa pesada de los zapatos. Mamá le daría una colleja antes de pasar la tarde limpiando el fango.
Seguir leyendo: