Sobre la cama todavía tendida, casi igual a como la ocupó la noche anterior, el viajero fuma otro cigarro y de repente advierte que lleva varios días carente por completo de cualquier vestigio de identidad y, lo que puede apreciar aún mejor, sin echarla de menos en esa ciudad donde, si la conservara, podría convertirse en un gran estorbo.
No es que al sujeto le falten un rostro, un nombre o un pasado precisos, o que pretenda desaparecerlos u ocultarlos de la vista ajena, pero prescindió de ellos, los dejó descansar y se quedó tirado ahí a satisfacer sus necesidades más mundanas, como bajar por otra botella de güisqui o más tabaco, o a comer algo, sin pensar nada en particular.
Tampoco es que haya permanecido exclusivamente en Brooklyn o sus cercanías, sino que al entrar a un bar en Maspeth, por ejemplo, sólo lo ha hecho porque esto en sí -entrar a un bar en Maspeth- es posible y él diría que inevitable, pero desprovisto de propósito alguno, como al pedir otro trago al cantinero o hablar con una desconocida.
Su personalidad no lo agobia, no al menos del modo que otras suelen llegar a hacer y, sin embargo, a este hombre en particular le gusta despojarse cuando viaja de todas ellas, también de la real, hasta desintoxicarse y anular íntegramente la tentación de traerla encima y padecer su secuela de sensaciones, elucubraciones y malestar.
Por esto es que, antes de salir, deposita con cuidado en una caja de seguridad su pasaporte e identificaciones, tarjetas y fotos, y únicamente conserva dentro del pantalón algunas centenas de dólares en efectivo, nunca más o menos de los billetes necesarios y convenientemente aprisionados por un clip de acero inoxidable, como su encendedor.
También por eso, de la rumana con la que algunas madrugadas tuvo un sexo sucio y por lo mismo más placentero, que en otro contexto sería fácil recordar, no perduran ni un nombre ni un rostro conocidos por él tan pronto dejó la recámara, sólo fotos que le aportan cierta noción, y el viajero pudo perfectamente volver a cruzarse con ella esa mañana o al otro día, sin reconocerla ni percatarse siquiera de su frágil existencia.
Quizá de esos pocos días, solamente la buena música que pudo disfrutar perdure en su mente, pues la sabe ajena a toda entelequia de palabras con su carga de confusión y desencuentro, y la almacene de una forma en que la emoción quede fija como con una pátina fina y delicadamente transparente, no en el tono chillón del oro falso o corriente.
El viajero está consciente de que la inutilidad de huir se equipara a la de quedarse, de un modo triste y simétrico; por eso planeó su viaje no como una evasión ni tampoco una permanencia, sino como un deslizamiento, la movilidad que cualquier cuerpo provisto de dinámica debiera ejercer, así sea sólo por evidenciar justamente aquélla ineficacia y neutralizarla, sin seguir reflexionando de forma continua, racional y angustiosamente.
Es feliz, aunque no lo sabe ni lo creería, porque experimenta una dicha individual que el destino no quiso arrebatarle: el abandono pasajero de su personalidad y de una intención definida para emprender la acción. Se convirtió así con éxito en el extra innecesario, en el cameo gratuito dentro de la película con mayor pobreza argumental que es su vida, la de cualquiera, en realidad, aunque muchos no lo sepan.
En ese sentido este viajero es un esteta, un hábil minimalista no sólo de percepciones, pensamientos e ideas, sino de las propias palabras y sus múltiples coartadas, suspendido en el goce fugaz de un estado de gracia, de la afortunada iluminación casi rayana en un nirvana instantáneo y aspiracional, profeta y maestro de una budeidad futura.
Sabedor asimismo de que, al abandonar por última vez el hotel, recuperará de súbito una identidad, e incluso pueda tratarse de la suya, la adoptará de nuevo sin dudar, no porque sea la que lo convence, sino porque es la que menos conoce y le sienta más cómoda, ya sin desear mayores e incuestionables logros al regresar a donde acabe su viaje y se sumerja otra vez en la grosera cotidianeidad, en la inagotable vulgaridad de una fantasía de personajes interactuando un gran teatro del absurdo que al propio Beckett le hubiera conmovido, aunque también arruinado el entendimiento.
El viajero
15 de Abril del 2009 03:05:47 Por: Canalla
Categorías: Variada Etiquetas: Blog de escritor, relatos
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