–Y puedo saber desde cuando lo tenías decidido.
–Eso que importancia tiene ahora, además no lo sé, no se trata de cuando sino del por qué. No puedo más, y volver a analizar todos los motivos nunca nos ha reportado nada positivo, más bien al contrario.
–Yo juraría que me tocaba elegir a mí
–Aunque así fuese me trae sin cuidado. Sabes que con el paso del tiempo he ido coleccionando toda clase de fobias y tensiones. No soporto la sangre, ni el miedo
agónico, ni ese humor soterráneo e irónico que siempre culmina exasperando a alguien. Reconozco que antes podía soportarlo, pero ahora no estoy dispuesta a alimentar con ambrosías a mis neuras y a mis fantasmas.
–Tú dirás qué hacemos ahora, sabiendo la ilusión que me hacía has esperado hasta el último momento para decapitarla.
–Yo no tengo la culpa de que todo lo que te apasiona, a mí me ponga enferma, jamás te dí esperanzas. No decir no, no significa sí, es estar cansada de jurarte que lo paso mal y de que tú no me creas. Hay muchas opciones, elije la que quieras, sólo te pido que pueda dormir tranquila esta noche.
–Ahórrame otra decepción y dime antes cuáles son las que descartas, o mejor lo olvidamos y ya lo intentaremos cuando coincidamos en alguna.
Y en el sofá —con la tele en voz baja, como si fuese una caña de pescar— ella relee a Austin y el sigue insultando a Kafka.
