La historia más triste de la historia (XVI)

12 de Marzo del 2009 11:36:54 Por: Antonio Ruiz Bonilla

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Pero pase, aún he de curarle esa mano, y no me diga que no es nada, o que usted, perdón, tú misma vas a poder desinfectarla, entre otras cosas porque en la habitación no hay botiquín. Y seguro que en su maleta la ropa sólo deja sitio para un pequeño neceser repleto de pinturas y cremas, nada recomendables para tratar heridas.
Fue la primera vez que toqué su mano, que noté sobre mi piel receptiva —como una flor carnívora— una parte de su inefable cuerpo. En esos minutos se concentraron y me recorrieron más sensaciones agradables por segundo que en cualquier otro momento de mi pasado. Pude respirar del aire seco que desalojaban sus pulmones cuando algún que otro roce del algodón le hacía daño. Oí el sonido de su cabello acomodándose en su cabeza después de enredarse en el viento de nuestro prometedor paseo. Y en su mano sentía el latir de su tristeza, que adopté de inmediato para intentar que la sobrellevara de una forma más difuminada. Supe desnudar su perfume hasta que sólo quedó su olor de Alhambra en primavera.
–Creo que ya puede valer, me ha desinfectado la herida, quitado la pintura de uñas, y desde que era una niña no me había visto la piel tan rosada y fina como me la has dejado ahora. Si sigues dos minutos más acabaré borracha como una cuba.
–Ahora le pondré unas tiritas y mañana como nueva. ¿Le duele? ¿Le doy un analgésico?
–Sí por favor, lo peor que me podría pasar es que el dolor no me dejara conciliar el sueño. La verdad es que ahora mismo no siento los dedos, será por efecto del alcohol. Muchas gracias, me voy a mi habitación, estoy rendida. Buenas noches.
Buenas noches le deseé, y esperé que se alejara lo suficiente por la escalera para acabar la frase anónimamente diciendo: querida. Tuve la imperiosa necesidad de anunciar al mundo —fuese o no lógico, pueril, básico, o instinto prescindible— que la quería, y me sonrojaría reconocer hasta qué punto…



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