
…Algo exagerado quizá, lo reconozco, pero les aseguro que lo dije con un convencimiento sólo superado, en ese momento del universo, por su pálida belleza.
Finalmente María accedió a mi oferta de auxilio, seguramente porque la pensión era el lugar donde —antes de topar conmigo— tenía pensado dirigirse. Así que al fin tomábamos la misma dirección en algo, y yo esperaba ansioso que ese fuese el famoso “algo” por el que siempre se empieza. Ambos mirábamos su mano lesionada mientras caminábamos por la acera rojiza de la calle inquisición.
En sus rostros se tallaba la envidia cuando pasamos —como paseando— por delante de los abuelos, uno apretó con tal rabia la empuñadura de su bastón que se oyó crepitar la madera como en un fuego que muere arrepentido.
Mi sangre circulaba a una frecuencia que ya no recordaba, pero que reconocí de inmediato cuando me invadió el pecho, y provocó en mi boca una sonrisa floja que no podía sino ocultar con mi mano para no parecer
—sobre todo a sus ojos— si cabe, más idiota.
Hacia un día esplendido; —lo hubiese sido de todas formas, aunque hubiese llovido alacranes— una mañana soleada y cálida que no imponía a nuestra vida ningún inconveniente de antemano. Atravesando la plaza de los ahorcados me quedé mirándola y le dije con un valor desconocido: Como mínimo, usted pensará de mí que soy una catástrofe digna de evitar.
Ella me miró con esos ojos que hacían extraños aliados de la tristeza y la más adictiva sensualidad, me regaló una somera sonrisa de comprensión y me dijo: usted ha de perdonarme también, mi comportamiento ante sus disculpas ha sido bastante grosero, por no decir desagradable…
Informa: laflordelapocalipsis.blogspot.com/2009/02/la-historia-m