
…Sólo me faltó disculparme en arameo mientras hacía el amago de auxiliarla, sin atreverme del todo a tocar sus manchadas, pero aún voluptuosas formas; empecé con el intento interruptus de limpiarle la falda. Ella retrocedía quitándole importancia al accidente. Pero insistí bajando mis manos epilépticas hasta sus piernas, ella formaba espirales de huída en el hall repitiéndome que no me preocupara. Me armé de valor y de gallardía, flexioné las rodillas hasta dar vehementemente en el suelo indeformable, cogí con determinación uno de sus tobillos para poder secar con un pañuelo los anfibios que parecían sus pies asomando por los zapatos. El pie que le quedo libre resbaló con el café que aún rezumaba de la cafetera volcada, al intentar equilibrar las fuerzas con su otra extremidad para lograr mantenerse erguida el resto del día, contempló y sufrió como se lo tenía firmemente atenazado un ser totalmente prescindible para su especie.
Pues sí, esa fue la primera y lamentable impresión que infringí a María; un paleto que la miraba embelesado de arriba a abajo como si nunca hubiese visto a una diosa de carne y hueso pedirle alojamiento, que se quedaba dormido en el trabajo de una forma asilvestrada, y tan patoso que hizo que diera con sus elegantes huesos en el piso.
Eso es lo mínimo que uno debe pensar de alguien que ha sido responsable de terminar con el culo dolorido y apestando a café frío y pisoteado.
Con un gesto firme de mano me dijo basta, se negó en rotundo a que le ayudara a levantarse, con una sabia parsimonia se incorporó, cogió las llaves que había dejado en el mostrador, y subió las escaleras derrotada por mi incompetencia, pero aún así conservaba ese porte de distinción y sensualidad innata, camino a la ducha de su habitación…
Informa: laflordelapocalipsis.blogspot.com/2008/11/la-historia-m