
Decidí tomarme un litro de café, por calcular una medida de antemano, porque seguramente me bebería la cantidad necesaria para intentar escribir toda la noche, aunque llegase a un mar. Este lugar no era precisamente un hervidero de acontecimientos interesantes o inesperados, y prácticamente era imposible que se cumplieran, como ahora, los dos atributos en un mismo hecho y tiempo. Puse mis manos sobre el teclado como si fuesen tormentas a punto de descargar el diluvio universal. Su intrigante imagen me recorría los brazos, la fuerza de sus caderas me golpeaba el pecho, y sus rizos alborotados prendían de la noche como péndulos mágicos que invitaban a bacanales de misterio y a banquetes de inefables sueños. Aquella noche no podía haber escrito nada que no estuviese relacionado con imaginarla, con intentar desentrañar su profética llegada a mi agnóstica vida. Escribí durante cinco horas con sólo un café, su efímero recuerdo le bastaba a mi sangre para ir jugando desde mi cerebro a mis manos, desde el monitor al cielo convertida en plegaria.
De repente alguien me tocó en la cabeza, era ella intentando despertarme, me había quedado dormido encima de las teclas. ¡Qué vergüenza! me incorporé tan enérgicamente que me tambaleé en la silla, al intentar asirme al mostrador dejé caer la cafetera, con la desgracia de que fue a impactar junto a su insigne figura, abriéndose en el golpe y rociándola desde la cintura a los pies. Me quise morir cuando contemple su falda ocelada de café, sus piernas salpicadas de oscuridades, y sus zapatos albergando medio litro de mi torpeza, ahogando sus dedos entre las medias, y haciendo burbujas en cada uno de sus pasos…
Informa: laflordelapocalipsis.blogspot.com/2008/11/la-historia-m