ADELANTO: “CUATRO VECES FUEGO”, DE LARA MORENO (TROPO EDITORES)

Desde Tropo Editores estamos orgullosos de adelantarles que en el próximo septiembre lanzaremos un nuevo título de la colección Voces: el libro titulado Cuatro veces fuego de la autora Lara Moreno.
“Cuatro veces fuego” es el segundo libro de relatos de Lara Moreno. Lo sé de buena tinta, pero se me hace difícil creerlo. Porque estos relatos son la obra de una escritora con la experiencia y los recursos suficientes para recrear el mundo como si lo viéramos por primera vez. La compasión sin juicios, la mirada siempre hacia el gesto pequeño, la gramática hecha olores, sensaciones, tacto sutil. Leo “Maneras de estar sediento” y veo el mar, siento la brisa salada en el rostro y el sabor del agua verde. Leo “Noli-Me-Tangere” y me encuentro decidiendo rutas hacia otros países de nombres remotos mientras en casa espera la rutina. Leo “Incisiones” y tomo de la mano a esa mujer que decide. Leo “La menuda” o “La danza” y siento lástima por esos hombres que entregan a la cara oculta de la luna su felicidad.
El milagro de la ternura en los relatos de Lara no es casual; es una forma de percibir el mundo, el sustrato de poesía que anida entre las raíces de una erudición profunda, la savia que circula por un árbol lleno de líneas concéntricas, una por cada libro leído, una por cada persona observada, una por cada palabra desechada, todas formando dóciles universos y alimentando unas hojas verdes y espesas que buscan la luz del sol, y bajo las que disfrutamos el frescor de una sombra generosa. Gracias por “Durante horas”, Lara.
Ida Ferrero
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Como adelanto, para hacer boca, les presentamos un extracto del relato MANERAS DE ESTAR SEDIENTO
La mujer.
Tú venías con la cara manchada de ojos y tonterías. Yo te recibí inmersa en tus huecos oculares, decididamente abocada a terminar contando de forma estúpida la totalidad de tus pestañas. Todo eso en una tarde de finales de agosto. El mes de julio yo lo había ocupado en deshacer ciertas nostalgias inventándome otras, y tú en desempapelar tu vida de forma involuntaria. En tus ademanes siempre pareció que lo hacías todo sin querer, como resignado a los movimientos de la vida, al asfixiante nudo al que todos estamos atados. Te conocía desde hacía tiempo, eso ya lo sabes. Pero nunca te vi desde tan cerca. Dabas vértigo, a pesar de que yo estaba pausada, coartada, amarrada a varias pasiones no traumáticas que me habían desterrado del anonimato que da el desamor: ese dolor tan vulgar. Alguna que otra casualidad (el robo en Noruega de un cuadro de Munch a manos de un ladrón armado) nos unió de forma no duradera, pero esporádicamente eterna. Por aquellos tiempos yo solía recibir proposiciones indecentes y bailaba descalza entre los dos altavoces de mi equipo de sonido, en una atalaya improvisada. El mundo rodaba encima de nuestras cabezas de forma criminal, pero nos empeñábamos en morder sólo el lado bueno de la sandía. El rojo, siempre el rojo. En eso llegaste tú, ya te digo. Yo guardé mis armas de fuego y te llevé al mar. Tú te dejaste hacer, porque en el fondo lo hacías todo. Me encrucijabas. Tu improvisación en mi vida fue como algo cuidadosamente escrito desde los tiempos del látigo y la ruina, como la sorpresa que uno espera y teje, y teje, y traga. Y llega. De todos modos sabes que ésta no es mi historia, sino la tuya. Yo sólo presté la piel y otras cosas más importantes.
Te llevé al mar; pero antes estuvimos horas detenidos, como si estuviéramos solos, con esa forma de estar de los hermanos, de los espejos enfrentados, haciendo de los minutos una partida ganada, mirándonos de vez en cuando, tocándonos casi siempre, convirtiéndolo todo en sexo: la clavícula mojada, el bandoneón de la canción número quince, las gafas, los cojines del sofá, las baldosas calientes del suelo del tercer piso, letras de Neruda, los anillos de nuestros dedos, la criptografía de nuestros cuerpos.
Orgasmos, al fin y al cabo, que nos dieron un poco de vida, aunque nos supieran a muerte (por eso quizá lloré, no te asustes: también sé llorar de placer). Estuvimos horas detenidos, electrocutados, siendo sólo lo que éramos. Ni más ni menos de lo que éramos. Haciéndonos caso.
Luego te llevé al mar.
Supe que tenías sed. Pero supe, también, que tu boca es un barco inmóvil que no se sacia nunca. Tú del mar no sabías nada. El mar de mí lo sabe casi todo. Te dejé en la orilla y me senté a observar sobre una duna que nunca cambió de sitio; no quise despedirme otra vez. Sabía que volveríamos a vernos.
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