El placer de la crítica: Juan Villoro
Los ensayos de Susan Sontag pertenecen al modo admirativo. A contrapelo de una época sumida en la banalización y el consumo, destaca lo que vale la pena. Leer es para ella oponerse a la extinción.
Al mismo tiempo, obra póstuma de Susan Sontag, ofrece una síntesis de los intereses que recorrieron su vida: la fotografía como testimonio indeleble de la época, la traducción de lenguas y culturas, la responsabilidad ante las palabras, las significativas voces de los disidentes, la oposición a la política imperial de Estados Unidos, el gozo ante la escritura.
La curiosidad fue el signo vital de Sontag. Recuerdo una cena que compartimos en el restaurante La Luna, de Bogotá, en la que nos preguntó a Rodrigo Fresán y a mí acerca de dos escritores que admiraba: Javier Cercas y Roberto Bolaño. Conocía sus libros, y alguien le había dicho que se habían distanciado. Su ambición por saberlo todo (”algo más siempre está sucediendo”, fue uno de sus lemas) la llevaba de las obras a los entretelones en que ocurrían.
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