Diario de viaje a Cuba: Claudio Magris
I. En uno de sus versos “sencillos” –así los llamaba el autor– José Martí habla, en una pegajosa música de canción popular, de un corazón a la deriva como una barca que no sabe a dónde va. José Martí –el Mazzini cubano, escritor y político democrático muerto en combate en 1895 luchando por la independencia de Cuba y por la idea de una libre y paritaria comunidad de los pueblos americanos– siempre supo hacía dónde ir. Fidel Castro lo definió “el autor espiritual” del asalto al cuartel Moncada; fallido, pero primera piedra de la revolución castrista. José Martí ahora es considerado el padre de la patria, aun si el partido único no encaja con su pensamiento democrático; el monumento dedicado a José Martí, iniciado en 1926, posee una seca severidad que se inspira en un sentido mazzinianamente religioso de la actividad política entendida como una misión. En efecto, en las enormes pintas de los muros resuenan frases e imágenes evangélicas que expresan que todo gran movimiento de liberación tiene su Nazareno y que solamente aquellos que están preparados para perder la vida le imprimen sentido y la salvan.
Todo régimen y toda sociedad tienen su retórica: la libertad, la patria, la justicia, la paz, la democracia. Retórica siempre falsa, porque estas nobles cosas, de por sí, no existen. Pero puede existir –así como puede ser, al contrario, meramente simulada– la fuerte voluntad humana de hacerlas vivir y de hacerlas capaces de incidir en la realidad. Incluso por esto, y no sólo por las ramplonerías de sus enemigos, Castro ha reinado durante tanto tiempo: cuatro veces y medio el Tercer Reich, casi el doble que Stalin, no mucho menos que la reina Victoria y que Francisco José. Cincuenta años de poder dicen, de todas maneras, algo sobre la estatura de un líder. Goethe –en su admiración, incluso brutal, de la fuerza vital capaz de sobrevivir y de la edad prolongada como expresión de dicha fuerza– se hubiera complacido con este hecho, también porque, como dice un verso suyo, no se hacía el escrupuloso ni siquiera con los autócratas.
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