Animando a los animadores: Braulio Llamero
Nada hay más inútil, en si mismo considerado, que el acto de leer. Me refiero siempre, puntualizo, a la lectura placentera o literaria. Creo que ahí, en su absoluta falta de utilidad, reside, no su punto débil, sino su fortaleza. Conviene resaltarlo porque en estos tiempos tienden a cargarse las tintas sobre la utilidad de cualquier tipo de actos para justificar su existencia o para darle importancia.
Son muchos los que caen en el error de buscar utilidades al acto literario de leer: nada más erróneo. La literatura es un Arte, entre otros muchos. Y todo Arte, por definición, aborrece el concepto de utilidad y aboga por el de di-versión (aunque sin perder de vista el sentido etimológico de este término: di-vertere, verterse en dos, quebrar el uno, la uniformidad, la monotonía; enriquecernos y multiplicarnos).
Todo lo cual lleva a una premisa básica y difícilmente discutible: se lee por placer o no se lee. Porque, demás, cuando no se lee por placer, sino por obligación, por trabajo, lo que se está haciendo en realidad es otra cosa muy distinta: descifrar un código. Para animar a la lectura, pues, lo procedente es predicar, divulgar o contagiar ese placer “per se”, al margen de cualquier utilidad o cualquier pedagogía de la lectura estará condenada al fracaso.
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