El pueblo incierto (III)

La sensatez más básica hizo que me sentara en una roca caliza que emergía sin lógica geológica a un lado de la vereda, tomé aire profundamente para promover algún tipo de reflexión, y antes de expulsarlo por completo vi como algo o alguien, aún invisible bajo las secas pipas, se acercaba hacia mí a través de los girasoles, haciendo camino a base de coléricos movimientos y sonidos quebradizos, y cuya única razón para existir, teniendo en cuenta su certera trayectoria hacia mi inquietante expectación, parecía que fuese el encontrarme. Ya era tarde para correr, incluso para pensar en correr, supongo que mi instinto tuvo como idea predominante la que advierte que nunca es bueno dar la espalda a una amenaza desconocida, y por eso sólo atiné a ocultarme de rodillas detrás de la piedra, mirando sigilosamente, intentando adivinar el lugar exacto por donde desembocaría aquella cosa. A escasos dos metros para salir de la plantación aquello se paró en seco, me recordó a esos perros de cacería que se quedan clavados mostrando a sus dueños el lugar exacto donde el miedo atenazó a la presa, y recé para que no fuese mi olor el rastro al que estaba sentenciando. A ese instante donde se combinaron el sonido silencioso de mi corazón sobreexcitado, su respiración acelerada, y el eterno compás a difunto de las campanas, se le podía haber tildado de todo menos de esperanzador. Mis tripas respondieron al ambiente con un lamento aéreo acuático que no iba precisamente a mejorar las cosas; un retortijón seguido de varias réplicas de no menos intensidad, que acabaron de delatarme por tierra, mar y aire. De repente avanzó, sólo un paso al frente, suponiendo que tuviese pies, luego otro, aún más corto pero siempre adelante, decidido a sorprenderme…
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