El pueblo incierto (II)

¡Qué diablos! exclamé confirmando mi decisión de suspender por un día el trayecto fijado a favor de la aventura y la improvisación. Y me recorrió desde el estómago al pecho una agónica incertidumbre; la misma sensación que cuando decidí acercarme al fin, a la primera chica con la que soñé despierto. Y esa angustiosa esperanza me cautivó de nuevo, y obedecí sin recato a mi suerte como penitente de misterios insospechados. Encogí las tripas y alargué el paso intentando estar siempre por delante de la sensatez del miedo. El camino era de una tierra arenosa y rojiza, flanqueado por plantaciones de algodón y girasol penosamente abandonados. Era extraño no ver a nadie trabajando, ni tractores, ni aperos de labranza o gomas de riego; parecía que la plantas habían crecido exuberantemente de una forma natural, y que de pronto se hubiesen secado y podrido sus frutos antes de haber podido ser recolectados por los vecinos.
Llevaba más de una hora en dirección al pueblo y mi percepción del tamaño de sus casas no había variado ni un ápice, una de dos, o estaba más lejos de lo que había calculado en un primer momento, o el pueblo estaba manteniendo las distancias conmigo, no me preguntéis cómo ni por qué. Miré hacia atrás para comprobar todo el trayecto recorrido, volví a contemplar la torre alta que aún se lamentaba. Era increíble pero calculé que llevaba andado unos cuatro kilómetros, sin embargo la imagen del pueblo y el sonido de las campanas eran exactamente el mismo que cuando desvié mi camino hacia ellos…
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